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Palabras hermosas para despedirse...

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Encontré la nota en un diario y me encanto....

Van aquí palabras luz de John Berger:


La pasión arranca de un sentimiento propio de lo único, de un sentimiento de soledad, de una sensación de vulnerabilidad ante el amor en medio de un mundo duro e indiferente. La pasión arranca del amor a la propia impudicia como desafío a ese mundo, como alternativa a la soledad. En un mundo carente de sentimientos, las promesas son como un pozo en el desierto.

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Los cuerpos de los jóvenes son un precioso regalo, tanto para sí mismos como para los otros. Los dioses de la Antigua Grecia ansiaban esos regalos. Los cuerpos de los poderosos, cuando envejecen, quedan desprovistos de sentimiento y belleza; sólo su convicción en el poder que atesoran les hace creer que perdurarán más allá de la muerte.

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Sin misterio, sin curiosidad y sin una respuesta al menos parcial, es imposible construir una historia; sólo podrán hacerse, así, confesiones, comunicaciones, memorias y fragmentos autobiográficos, más bien fantásticos, a los que al menos de momento llamamos novelas.

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El escepticismo como manifestación de la ternura que se acrecienta con las experiencias, no obstante sean estas duras. El escepticismo como cualidad, pues, inexcusablemente humana. El escepticismo como humanismo. Los moralistas, los políticos, los mercaderes ignoran la experiencia; no tienen en cuenta más que cuanto concierne a los actos que pueden resultarles beneficiosos. Pero gran parte de la literatura se la debemos a los desheredados, a los exiliados. Ambos estados llaman necesariamente la atención sobre la experiencia; eso es lo que nos redime del olvido. Eso es lo que nos salva de las tinieblas.

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Es la presencia de un cuerpo lo que más ameritamos en nuestra soledad individual o en nuestra soledad colectiva. Un cuerpo que nos ofrezca el consuelo necesario. Que nos inspire. Que nos envalentone. Que nos arrebate.

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No basta con ir mirando a través de la ventanilla. Ninguna autopista te llevará hasta donde lo deseas, aunque la haya… Y nadie puede darte direcciones, pues en realidad no podrías preguntar por ellas, y si lo hicieras de nada te serviría. Hay que hacer ese viaje, más que con determinación, con algunas prevenciones. Y no precisamente porque vayas a una región desolada o a una región salvaje. Por el contrario, es un lugar en realidad muy próximo a ese en donde el panadero aparca su coche todos los días. El arte consiste en llegar ahí, a un lugar tan común, por accidente. Entonces es cuando el lugar que ya has visto se te presenta por sorpresa. Y esa sorpresa es lo que te sorprende.

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La autenticidad de la literatura no viene de la honestidad personal del escritor. Hubo grandes escritores que fueron monomaniacos. Los escritores en realidad utilizan las palabras como cualquier hombre sedentario. Mas aún, muchos escritores –no todos, por supuesto– son egocéntricos, están ciegos ante las cosas que les rodean. Muchas veces, el desagrado que experimenta el lector cuando conoce al escritor que admira se debe a que comprueba que no es auténtico. Eso, naturalmente, no tiene mucho que ver ni con la honestidad ni con la sabiduría; ni siquiera con una mayor o menor devoción por la belleza, por el hecho estético. Toda escritura “bella” es opaca. La autenticidad brota, simplemente, de la fe: de la ambigüedad de la experiencia.

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